La calle Ramón García está vacía. A pesar del día de
sol no se ven personas caminando. Un cartel callejero tiene la consigna: ‘Sí al
centro cívico’. Su firma es dudosa, por no decir falsa. ‘Los vecinos’ no son
más que un sinfín de intereses económicos de varios sectores poderosos.
Se ven grandes espacios verdes, variedad de árboles, flores y un edificio despintado, alto, con algunos vidrios rotos. Un edificio oscuro a pesar de la claridad del día y que lleva en lo alto un cartel con el nombre: ‘Hospital Interdisciplinario psicoasistencial Dr. José T Borda’. Más adelante se ve el taller de arte que se reconoce por su exterior pintado con colores vívidos, divertidos y con dibujos alegres. Contrapuesto a esto el edificio central tiene ascensores pero ninguno de ellos funciona. Posee varios pisos pero ninguna de sus escaleras tiene pasamanos. El lugar está sucio y la iluminación brilla por su ausencia, no se ven enfermeras, ni personal de limpieza. Aunque dicen que hay un médico de guardia “por las dudas”. Lo que sí había era personal de vigilancia, más preocupado porque la gente no fotografíe el lugar que por la seguridad en sí.
Un grupo de gente está sentada en la plaza principal del predio. Comen torta y galletitas. Algunos toman mate y otros, gaseosa, frente al ‘Pabellón Borda siglo XXI’. Intentan divertirse más allá del desastre que es el lugar donde se encuentran. Un lugar destruido por la complicidad entre la política y su burocracia. ‘Los gremios son una cagada’ afirma Ivalú, voluntaria que hace 5 meses se acerca al hospital con un grupo de gente para acompañar y ayudar a los olvidados del Borda. Agrega que hace no mucho tiempo en el hospital había más de 7000 internos mientras que ahora la plantilla no supera los 700. ‘Les dieron el alta porque están bien. Están tan bien que escuchan espíritus’ cuenta cuando señala que hay un plan sistemático que quiere sacar a la gente del lugar con el fin de utilizarlo para otra cosa en el futuro. Ivalú está en constante movimiento buscando que alguien la escuche. Llegó, incluso, a hablar con un funcionario Kirchnerista de la cuidad pero este respondió que nada podía hacerse. ‘Me dio una respuesta Macrista’ afirmó.
Los “Locos por el Borda”, como ellos decidieron llamarse, tienen bien en claro su objetivo. ‘Esto es una excusa para concientizar a la gente por lo que está pasando’ comenta Ricardo, otro integrante del movimiento. Sabe que su causa es justa y por eso se lamenta que la misma no tenga eco en los medios de comunicación. ‘Ninguno va a salir a hablar, no les conviene para la campaña porque hablar de esto no les da votos’. Matías, otro de los voluntarios, dice que divulgó fotos del estado del hospital en diferentes medios masivos de comunicación pero que ninguno tuvo el impacto necesario para que se movilice alguien más. ‘Le mandé un tweet a Tinelli, aborresco a ese hombre pero tiene un millón de seguidores’, explica en un intento desesperado que no tuvo éxito, ya que el conocido conductor de televisión no le respondió ni divulgó el mensaje entre sus fans. A su vez, describe la situación del lugar: ‘la posta es que se está cerrando. A la gente la están tirando como si fuera basura’.
Los pacientes de un neuropsiquiátrico suelen ser catalogados como “locos”. Sin embargo, Daniel, un interno del lugar demuestra que esto es falso. “Tengo más de 500 firmas en contra de que esto se haga un regimiento”, cuenta, mientras despotrica contra el odiado Mauricio Macri, ya que el hombre que “le entregó Covelia al ´gordo´ Moyano”, es también quien quiere hacer del Borda un “barrio privado”. Con respecto a las instalaciones, Daniel indicó que “el hospital esta desastroso”, aunque admite que cree que “la medicación es la correcta”. Es sincero, inteligente, sabe lo que cuenta. “Me dicen ´chapita´ porque digo las cosas de frente”, dice mientras se va caminando hacia el interior del lugar. Luego vuelve, y muestra su pancarta, improvisada detrás de un afiche roto de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) con las firmas bajo la consigna “Yo vivo aún”, y que contiene frases como “No a Macri ni a los negocios de sus amigos, sí a la inversión pública”, o “vivo a pesar de Macri”. Se anima a charlar, está orgulloso, muestra su espíritu de lucha y resistencia, desde donde puede, aunque admite: “Estoy peleado con el mundo hace rato”.
Se ven grandes espacios verdes, variedad de árboles, flores y un edificio despintado, alto, con algunos vidrios rotos. Un edificio oscuro a pesar de la claridad del día y que lleva en lo alto un cartel con el nombre: ‘Hospital Interdisciplinario psicoasistencial Dr. José T Borda’. Más adelante se ve el taller de arte que se reconoce por su exterior pintado con colores vívidos, divertidos y con dibujos alegres. Contrapuesto a esto el edificio central tiene ascensores pero ninguno de ellos funciona. Posee varios pisos pero ninguna de sus escaleras tiene pasamanos. El lugar está sucio y la iluminación brilla por su ausencia, no se ven enfermeras, ni personal de limpieza. Aunque dicen que hay un médico de guardia “por las dudas”. Lo que sí había era personal de vigilancia, más preocupado porque la gente no fotografíe el lugar que por la seguridad en sí.
Un grupo de gente está sentada en la plaza principal del predio. Comen torta y galletitas. Algunos toman mate y otros, gaseosa, frente al ‘Pabellón Borda siglo XXI’. Intentan divertirse más allá del desastre que es el lugar donde se encuentran. Un lugar destruido por la complicidad entre la política y su burocracia. ‘Los gremios son una cagada’ afirma Ivalú, voluntaria que hace 5 meses se acerca al hospital con un grupo de gente para acompañar y ayudar a los olvidados del Borda. Agrega que hace no mucho tiempo en el hospital había más de 7000 internos mientras que ahora la plantilla no supera los 700. ‘Les dieron el alta porque están bien. Están tan bien que escuchan espíritus’ cuenta cuando señala que hay un plan sistemático que quiere sacar a la gente del lugar con el fin de utilizarlo para otra cosa en el futuro. Ivalú está en constante movimiento buscando que alguien la escuche. Llegó, incluso, a hablar con un funcionario Kirchnerista de la cuidad pero este respondió que nada podía hacerse. ‘Me dio una respuesta Macrista’ afirmó.
Los “Locos por el Borda”, como ellos decidieron llamarse, tienen bien en claro su objetivo. ‘Esto es una excusa para concientizar a la gente por lo que está pasando’ comenta Ricardo, otro integrante del movimiento. Sabe que su causa es justa y por eso se lamenta que la misma no tenga eco en los medios de comunicación. ‘Ninguno va a salir a hablar, no les conviene para la campaña porque hablar de esto no les da votos’. Matías, otro de los voluntarios, dice que divulgó fotos del estado del hospital en diferentes medios masivos de comunicación pero que ninguno tuvo el impacto necesario para que se movilice alguien más. ‘Le mandé un tweet a Tinelli, aborresco a ese hombre pero tiene un millón de seguidores’, explica en un intento desesperado que no tuvo éxito, ya que el conocido conductor de televisión no le respondió ni divulgó el mensaje entre sus fans. A su vez, describe la situación del lugar: ‘la posta es que se está cerrando. A la gente la están tirando como si fuera basura’.
Los pacientes de un neuropsiquiátrico suelen ser catalogados como “locos”. Sin embargo, Daniel, un interno del lugar demuestra que esto es falso. “Tengo más de 500 firmas en contra de que esto se haga un regimiento”, cuenta, mientras despotrica contra el odiado Mauricio Macri, ya que el hombre que “le entregó Covelia al ´gordo´ Moyano”, es también quien quiere hacer del Borda un “barrio privado”. Con respecto a las instalaciones, Daniel indicó que “el hospital esta desastroso”, aunque admite que cree que “la medicación es la correcta”. Es sincero, inteligente, sabe lo que cuenta. “Me dicen ´chapita´ porque digo las cosas de frente”, dice mientras se va caminando hacia el interior del lugar. Luego vuelve, y muestra su pancarta, improvisada detrás de un afiche roto de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) con las firmas bajo la consigna “Yo vivo aún”, y que contiene frases como “No a Macri ni a los negocios de sus amigos, sí a la inversión pública”, o “vivo a pesar de Macri”. Se anima a charlar, está orgulloso, muestra su espíritu de lucha y resistencia, desde donde puede, aunque admite: “Estoy peleado con el mundo hace rato”.
Ya
la tarde entró de lleno, y el sol empieza ligeramente a irse. En el comedor hay
algunas personas, pero todas están solas, en mundos diferentes, y tal vez
paralelos. El televisor muestra la serie estadounidense Los Simpsons, y no se ve ningún enfermero. Sentado en su silla de
ruedas está Juan, que hace poco cumplió 88 años, diecinueve de los cuales los
pasó en la institución. “En el ´93 entré acá- cuenta-, por depresión”. Hoy es
encargado de servicios, y se encarga de levantar a sus compañeros todas las
mañanas, darles la ropa, entre otras actividades. Sus arrugas y sus canas
denotan su cansancio, pero no por eso ocultan su optimismo. “Cuando salga me
gustaría seguir la pintura. Tengo clientes que me están esperando”, confía
alegremente. No obstante, conoce su realidad. Y cuenta que no le llega la
jubilación completa (“acá afanan”), y que no puede enviar sus pertenencias al
lavadero porque “la ropa buena no vuelve”. Gran conocedor, combina simpatía y
experiencia. “Ya me las se todas yo”, cuenta, esbozando una sonrisa.
El
atardecer llegó, y todas las actividades van terminando. Algunos se van para
adentro, otros ya están en la cama. Mucha gente se empieza a ir, comienzan a despedirse.
En el lugar quedan ellos, que no sólo fueron olvidados por aquellos que deben gobernar, y escondidos por aquellos que deben informar. Varios de los que se
van se dan vuelta, y ven que un cartel
chico, poco llamativo, muestra lo único que queda en el complejo: “Esperanza”.